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14.8.12

Jeux d'enfants.


¡Dichosa Sophie! El Juego había vuelto a empezar. Felicidad en estado puro, bruto, natural, volcánico…¡Qué gozada! Era lo mejor del mundo. Mejor que la droga, mejor que la heroína, mejor que el costo, coca, crack, chutes, porros, hachís, rayas, petas, hierba, marihuana, cannabis, canutos, anfetas, tripis, ácidos, LSD, éxtasis. Mejor que el sexo, que una felación, que un 69, una orgía, una paja, el sexo tántrico, el Kama Sutra, las bolas chinas… Mejor que la nocilla y los batidos de plátano, mejor que la trilogía de George Lucas, que la serie completa de los Teleñecos, que el fin del milenio. Mejor que los andares de Emma Peel, Marilyn, la Pitufina, que Lara Croft, Naomi Campbell y que el lunar de Cindy Crawford. Mejor que la cara B de “Abbey Road”, que los solos de Hendrix, mejor que el pequeño paso de Neil Amstrong sobre la luna, el Space Mountain, Papá Noel, la fortuna de Bill Gates, los trances del Dalai Lama, las experiencias cercanas a la muerte, la resurrección de Lázaro, todos los chutes de testosterona de Schwarzenegger, el colágeno de los labios de Pamela Anderson. Mejor que Woodstock y las naves mas orgásmicas, mejor que los excesos del Marqués de Sade, Riambaud, Morrison y Castaneda. Mejor que la libertad. Mejor que la vida.

Eterno brillo de una mente sin recuerdos.


— No veo nada que no me guste de ti.
— Pero lo harás, no sé, ya se te ocurrirán cosas, y yo me aburriré de ti, me sentiré atrapada porque eso es lo que me suele pasar.
— Vale.


Y por primera vez siento que estoy empezando a amar el cine como jamás lo había hecho...

2.11.10

¿A dónde van los patos de Central Park cuando se congela el lago?


—Papá va a matarte. Va a matarte —me dijo.

Pero no la oí. Estaba pensando en otra cosa. En una cosa absurda.

—¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de
verdad si pudiera elegir?

—¿Qué?
—¿Te acuerdas de esa canción que dice, «Si un cuerpo coge a otro
cuerpo, cuando van entre el centeno...»? Me gustaría...

—Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el
centeno» —dijo Phoebe—. Y es un poema. Un poema de Robert Burns.

—Ya sé que es un poema de Robert Burns.

Tenía razón. Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando
van entre el centeno», pero entonces no lo sabía.

—Creí que era, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo» —le dije—, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería,
pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.

Phoebe se quedó callada mucho tiempo. Luego, cuando al fin
habló, sólo dijo:
—Papá va a matarte.



"The Catcher in the Rye" es un libro tan corto y especial que resulta magnífico. Necesitaba publicar algo y era esto. Si alguien se pasa por este rincón, sepa que tiene un libro pendiente de leer.

Salinger, eres un amo.

9.7.10

Ignorancia y Necesidad.

- ¿Es tan corta la vida de los espíritus?- preguntó Scrooge.
- Mi vida en esta tierra es muy breve- respondió el espectro-. Termina ésta noche.
- ¡Esta noche!- exclamó Scrooge.
- Esta noche a las doce. ¡Escucha! Mi hora se acerca.
Las campanas daban, en ese momento, las doce menos cuarto.
- Perdóname si no tengo justificación para lo que te voy a preguntar.- dijo Scrooge, observando atentamente la túnica del espíritu-; pero veo algo extraño que no forma parte de ti, asomando por debajo de tu ropa. ¡Es un pie o una garra!
-Pudiera ser una garra, pues está muy descarnada - fue la triste contestación del espíritu-. ¡Mira aquí!


De entre los pliegues de su ropa surgieron dos niños: desgraciados, abyectos, horrendos, odiosos, miserables. Se arrodillaron a sus pies y se asieron a sus vestiduras.
-¡Hombre, mira aquí! ¡Mira, mira, mira aquí abajo!- exclamó el espectro.
Eran un niño y una niña. Amarillentos, flacos, andrajosos, ceñudos, de expresión salvaje; pero postrados con humildad. Donde la gracia de la juventud debiera haber colmado sus rasgos, pintándolos con sus tintes más lozanos, una mano rancia y marchita, como la de la vejez, los había oprimido, retorcido y estirado hasta desfigurarlos. Donde los ángeles hubieran podido instalar su trono, se emboscaban los demonios y acechaban amenazadores. Ningún cambio, ninguna degradación o perversión de la naturaleza humana, del grado que fuere y a través de todos los portentosos misterios de la creación, ha producido jamás tan horribles y espantoso monstruos.
Scrooge, aterrado, retrocedió. Al habérselos mostrado de ese modo, intentó decir que eran unos niños hermosos; pero las palabras se le atragantaron antes de pronunciar una mentira de tan enorme magnitud.
-Espíritu, ¿son hijos tuyos?- es lo único que pudo decir Scrooge.
-Son hijos del hombre- respondió el espíritu, contemplándolos-. Y se aferran a mí, apelando contra sus padres. Este niño es la Ignorancia. Esta niña es la Necesidad. Gúardate de ambos y de toda su especie; pero, sobre todo, guárdate de este niño, pues en su frente veo escrita, a menos que alguien la borre, la palabra Condenación. ¡Atrévete a negarlo! -gritó el espíritu, extendiendo su mano hacia la ciudad-. ¡Mienten quienes lo niegan! ¡Admítelo para tus perversos fines, y empeóralo aún más! ¡Y espera el fin!
-¿No tienen refugio o recurso alguno? - preguntó Scrooge.
-¿No hay prisiones? - replicó el espíritu, echándole en cara por última vez sus propias palabras-. ¿No hay asilos?
La campana dió las doce.
Scrooge miró a su alrededor, en busca del espectro; y no vio nada.


(c) A Christmas Carol, by Charles Dickens.